Ceneri
«Lo que comienza como una celebración colectiva se transforma gradualmente en una ceremonia de despedida. Algunos cuerpos son retirados, cubiertos con velos y enterrados simbólicamente por quienes permanecen. Ceniza y agua caen sobre ellos en un gesto que oscila entre el castigo, el duelo y la bendición. A lo largo de la historia, las comunidades han creado rituales para honrar a sus muertos y mantener viva su memoria. Enterrar, cubrir, lavar o velar un cuerpo nunca ha sido únicamente un acto de despedida, sino también una forma de reconocer que la existencia individual continúa viviendo dentro de una historia compartida. Los muertos permanecen entre los vivos a través del recuerdo, de las historias compartidas y de los gestos que una comunidad decide preservar. En Ceneri, la ceniza habla al mismo tiempo de desaparición y permanencia. Es aquello que queda tras el paso del tiempo, pero también la huella material de una vida que se niega a desaparecer por completo. El agua, por el contrario, actúa como elemento de transición y transformación: purifica, acompaña, bendice y permite el paso de un estado a otro. Juntas, la ceniza y el agua convierten la escena en un rito ambiguo, en el que no podemos saber si estamos presenciando una expulsión, un funeral o un acto colectivo de amor. La danza, la palabra, la música y la fuerza del coro transforman el escenario en un espacio de confrontación política y emocional. Como en Pasolini, las cenizas no son simplemente el residuo de algo que ha pasado. Son la huella persistente de una pregunta que continúa acompañándonos. La imagen más contemporánea de la obra no es únicamente la de una comunidad que se inmuniza contra el otro, sino la de una generación que busca desesperadamente pertenecer a algo mientras teme perder aquello que la hace singular. En esta tensión convergen Gramsci, Pasolini y nuestro presente». Marcos Morau
Marcos Morau y el Centro Coreografico Nazionale / Aterballetto comparten un espacio continuo de investigación artística, poética y social. Esta colaboración nace del deseo común de explorar ideas fundamentales de la cultura, la filosofía y el arte italianos, dando espacio a la creación dinámica e inquieta de Morau sin basarse en residencias fijas ni estructuras formales. Esta nueva obra refleja tanto la sensación de una sociedad que parece cada vez más fragmentada como la importancia de recordar la profundidad y la vigencia del pensamiento artístico italiano. Tras abordar la obra y la figura de Ennio Morricone, Morau se dirige ahora a Pier Paolo Pasolini, otra figura fundamental cuyas ideas siguen resonando con fuerza en la actualidad. Mientras que Notte Morricone se centraba en el propio Morricone, Ceneri desplaza la atención hacia el presente. En lugar de representar a Pasolini como persona, la pieza parte de sus palabras y las utiliza para reflexionar sobre cómo su pensamiento continúa dialogando con nuestro tiempo. Este proyecto también responde a una necesidad más amplia: observar con mayor atención el mundo que nos rodea, desde la realidad urbana cotidiana hasta el espacio imaginativo del arte. Invita a reflexionar sobre una cuestión que a menudo falta en el debate público actual: el papel de la cultura en la configuración de nuestra manera de pensar, comportarnos y convivir, tanto como individuos como en comunidad.
DOPPIOGIOCO
«Dentro de una caja negra, haces de luz blanca atraviesan el espacio: un aro, una cancha, una frontera que pretende definir quiénes somos. Dos canastas idénticas permanecen inmóviles como centinelas, símbolos de conquista y fracaso, objetivos que se iluminan o se desvanecen según quién los mire. Todo está preparado, pero nada es estable: el juego podría comenzar en cualquier momento, incluso cuando nadie está realmente listo. Los cuerpos entran en escena, se reconocen, desconfían unos de otros, se dividen en equipos sin saber por qué, forman alianzas por instinto y se traicionan por necesidad. Cada gesto es una prueba que vibra como un presagio. Cada paso puede ser cálculo o vacilación. El calentamiento no prepara, sino que revela: tensiones, sospechas, el silencio previo a la ruptura. Vemos el balón en el centro del escenario. Peso, promesa, amenaza. Cuando golpea el suelo, no se limita a rebotar: detona. Una pequeña explosión que resquebraja la superficie, la respiración y las relaciones entre los cuerpos. Cada pase es un riesgo, cada lanzamiento una confesión. Uno confía instintivamente en el otro o golpea con la precisión de un acto necesario. La protección y el daño surgen de la misma energía. Los intentos de encestar se realizan en la oscuridad, atravesando el aire como plegarias o desafíos lanzados al vacío. Quien lanza no puede saber si alcanzará el objetivo o únicamente el recuerdo de una intención. En ese instante suspendido, todos contienen la respiración. Lo importante no es el marcador, sino el valor de no mirar, de soltar aquello que no se puede controlar. Después, el grupo estalla, se derrumba sobre sí mismo, se devora y se sostiene. Uno contra todos. Todos contra uno. La multitud contra la soledad, y la soledad que a veces grita más fuerte que la multitud. Las reglas existen únicamente para ser quebrantadas. El aro solo es una jaula para quienes no se atreven a cruzarlo. Los cuerpos se empujan, se levantan y se bloquean mutuamente, como en la vida cotidiana, donde el amor y la competición conviven en un mismo gesto. Y entonces, de repente y sin previo aviso, los cuerpos se sincronizan. Los dos equipos se disuelven y se reorganizan en un único organismo que respira. Es un momento frágil y absoluto. La geometría de la cancha se convierte en una guía, ya no en una barrera. El conflicto se transforma en danza, la lucha se convierte en escucha. No hay ninguna victoria que perseguir, solo un equilibrio repentino, tan valioso como una tregua. Después regresa el caos, porque forma parte de nuestra naturaleza. Las alianzas vuelven a romperse. La trayectoria del balón se fragmenta en el aire y se multiplica como las dudas, como los intentos. Los balones caen uno tras otro, explosiones a cámara lenta que narran lo que se ha perdido y lo que todavía podría suceder». Philippe Kratz
DOPPIOGIOCO es una obra coreográfica con ocho intérpretes en escena, ambientada en una cancha de baloncesto transformada en espacio escénico. El escenario está formado por un suelo negro marcado con líneas blancas que delimitan la cancha; un balón de baloncesto y dos canastas son los únicos elementos escenográficos. La pieza se caracteriza por una marcada dualidad musical, en la que la música clásica contemporánea se cruza y se fusiona con el hip hop. A partir del movimiento atlético, la coreografía lo transforma en un lenguaje físico y relacional, generando dinámicas en constante cambio entre el grupo y el dúo, entre la competición, la alianza y la fragmentación.